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"Éramos perseguidos dentro y fuera de la fábrica", dijo un trabajador de Molinos

Cuatro testimonios, distribuidos entre las audiencias del miércoles y el jueves en el marco del juicio de lesa humanidad que se desarrolla en La Plata contra el exjefe de Personal de Molinos Río de la Plata Emilio Parodi volvieron a poner bajo la lupa lo que ocurría dentro de la planta de la alimenticia en […]

Redacción
"Éramos perseguidos dentro y fuera de la fábrica", dijo un trabajador de Molinos

Roxana Freitas, hija de Avelino “Chiche” Freitas, y Ernesto Ceferino Mataboni, hijo de Rubén Ramón Mataboni compartieron sus historias el miércoles. Junto a Analía Fernández, hija de Francisco Fernández —una de las víctimas por las que se lo está acusando a Parodi— Roxana y Ernesto fueron los responsables de impulsar la causa judicial hace más de una década para reconstruir el rol de Molinos Río de la Plata en el secuestro de sus padres y de otra veintena de obreros, varios de ellos aún desaparecidos, en el marco del plan sistemático de secuestro tortura y extermino desplegado por la última dictadura cívico militar eclesiástica.

El jueves fue el turno de los extrabajadores Jorge Palacios y Guido Almaraz. Se esperaba el testimonio de otros dos operarios, pero no están en condiciones de declarar. Si bien Fiscalía y la mayoría de partes acusadoras insistieron en sumar sus declaraciones en instrucción por lectura —todos insistieron en la demora en la realización del debate—, la defensa de Parodi se opuso y propuso habilitarlos a declarar desde sus casas. La querella de la Subsecretaría de Derechos Humanos de la Nación se alineó con la defensa, algo que ocurrió por primera vez desde la reanudación de los juicios de lesa humanidad.

Desde lugares distintos —la memoria familiar, la reconstrucción de años de búsqueda y la experiencia directa dentro de la fábrica—, los cuatro testimonios coincidieron en reconstruir un mismo clima: organización obrera, reclamos por mejores condiciones de trabajo, vigilancia interna, amenazas, despidos y, finalmente, secuestros.

Cada declaración aportó una pieza diferente. Los hijos contaron lo que sus padres habían hecho dentro de Molinos, las amenazas que dijeron haber sufrido y las consecuencias que las desapariciones dejaron en sus familias. Los extrabajadores, en cambio, reconstruyeron desde adentro las tomas de fábrica, la formación de una comisión interna, el rol del personal de vigilancia conocido como “los bomberos”, la existencia de trabajadores señalados y el modo en que algunos de sus compañeros fueron perseguidos antes de ser secuestrados. En varios de esos relatos apareció Parodi como el hombre de la Jefatura de Personal que intervenía en los conflictos con los obreros y, según los testigos, recibía información sobre quienes tenían mayor participación gremial.

Roxana Freitas es hija de Avelino “Chiche” Freitas, trabajador de Molinos Río de la Plata desaparecido desde el 1 de julio de 1976. Tenía ocho años cuando secuestraron a su padre. Sus hermanas tenían siete y poco más de un año. Además, su madre estaba embarazada.

Contó ante el Tribunal que buena parte de lo que pudo reconstruir sobre la actividad de su padre se lo transmitieron sus abuelos y antiguos compañeros de la fábrica. Avelino Freitas militaba en la Juventud Peronista y era delegado del Sindicato de Obreros y Empleados de la Industria Aceitera.

Según esos relatos, era un trabajador muy activo en los reclamos laborales dentro de Molinos. “Era un compañero que peleaba por los derechos de sus compañeros”, dijo Roxana. Recordó que le habían contado que Freitas había participado en reclamos para que los trabajadores tuvieran baños, duchas y vestuarios dentro de la planta, beneficios que hasta entonces no existían. También había participado de tomas de la fábrica y de elecciones sindicales.

Era un compañero que peleaba por los derechos de sus compañeros

Avelino fue secuestrado cuando esperaba el colectivo para ir a trabajar, en la esquina de Centenario Uruguayo y Carabelas, a una cuadra de su casa, en Avellaneda.

La familia reconstruyó lo sucedido gracias a un vecino que también fue detenido aquella mañana. Según relató Roxana, el hombre contó que pasó un vehículo con militares, que levantaron a su padre de la parada, lo encapucharon y lo trasladaron a la Comisaría 4ª de Avellaneda.

Ese vecino fue liberado y avisó a su abuelo que Avelino estaba allí. Cuando el padre de Freitas fue a buscarlo, ya no se encontraba en la comisaría. Años después, la familia supo que allí habría permanecido tres o cuatro días y que luego habría sido entregado al Ejército. Su detención, según señaló Roxana, no había quedado registrada formalmente.

Sus abuelos presentaron habeas corpus, realizaron denuncias, concurrieron a tribunales, unidades militares y distintas instituciones. Recibieron también datos falsos que los llevaron a viajar a lugares como Esquel y Salta creyendo que podían encontrarlo. Su abuela se integró a Madres de Plaza de Mayo y participó de organismos de familiares.

Durante su declaración, Roxana sostuvo que cree que la empresa tuvo responsabilidad en la persecución de su padre.

“Yo creo que ellos fueron los que lo entregaron”, afirmó. Aclaró que esa convicción se apoya en lo que le contaron antiguos compañeros de Freitas acerca de la persecución que sufría y en que, a su entender, la empresa conocía sus horarios, recorridos y movimientos cotidianos.

También relató lo que supo sobre otros secuestros de obreros de Molinos. Según las historias que le transmitieron trabajadores de la época, en algunos operativos los militares esperaban dentro o en las inmediaciones de la planta. Cuando determinados trabajadores iban a fichar para ingresar, sus tarjetas no estaban en el lugar habitual: eran apartados y posteriormente subidos a vehículos militares.

Mencionó particularmente el caso de Francisco Fernández, cuyo secuestro le es endilgado a Parodi en el debate —además del de Santos Ojea y Roberto Rivolta Bonino— y explicó que compañeros de su padre le habían relatado ese mecanismo.

Ante una pregunta específica de la Fiscalía, señaló que nunca supo que Molinos Río de la Plata hubiera realizado una denuncia por la desaparición de su padre ni que nadie de la empresa se hubiera acercado a la familia después del secuestro. “Nunca. Nadie. Ni siquiera para preguntar por qué papá no se presentó a trabajar”, respondió.

Después de la desaparición de Freitas, su familia también sufrió persecución. Roxana recordó que su tío Agustín fue quien sacó a las cuatro niñas del país. Explicó que su padre, ante las amenazas que venía recibiendo, le había pedido previamente a su cuñado que, si le ocurría algo, protegiera a su familia.

Cuando estaban saliendo de la casa para dirigirse hacia lo de su tío, éste advirtió que un automóvil los seguía. Al bajar del colectivo, volvió a ver el mismo vehículo. Asustado, llevó a las niñas a un pasillo donde vivían familiares paraguayos y las repartió entre distintas casas para evitar que pudieran encontrarlas.

Luego viajaron clandestinamente a Paraguay junto a su madre. Roxana recuerda que cruzaron en un carro, escondidas bajo paja. Eran niñas y en ese momento no comprendían el peligro. Permanecieron alrededor de un año en el país vecino, atravesando enormes dificultades económicas que siguieron a su regreso. En Argentina, las cuatro hermanas quedaron al cuidado de sus abuelos. Su madre, sin estudios y con pocas posibilidades laborales, debía trabajar cama adentro.

Uno de los momentos más fuertes de su testimonio fue cuando reconstruyó las consecuencias que la desaparición de su padre tuvo sobre toda la familia. Durante mucho tiempo a las niñas les dijeron que su padre se había ido a trabajar lejos. Esperaban su regreso. “En las Navidades, mientras todos los chicos esperaban regalos, nosotros esperábamos que papá entrara por la puerta”, recordó.

La desaparición también condicionó su educación. Roxana contó que no pudo cursar la secundaria cuando correspondía porque su abuela tenía miedo de que las nietas circularan por la calle. Terminó sus estudios ya de adulta.

Recordó también el silencio que rodeaba la desaparición. Cuando regresó de Paraguay y volvió a la escuela primaria, sentía que sus compañeros sabían algo que ella desconocía. “Ellos ya sabían que yo era hija de un desaparecido, pero no se podía decir nada”, explicó.

Cincuenta años después, aseguró, aquellas consecuencias continúan. Explicó que

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